Epecuén, viaje a la ciudad argentina que volvió de las aguas.

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Argentina lugares misteriosos

Situado a más de 500 kilómetros al sur de Buenos Aires, nuestro viaje nos conduce al Lago Epecuén, un lugar que atraía a muchos argentinos que deseaban escapar un fin de semana y disfrutar de las propiedades curativas de sus aguas saladas.

Dicen sus aguas eran más saladas que las del mar muerto. Muy pronto, este complejo natural es todo un éxito y dicho éxito atrae a más de 20.000 turistas al año. Se construyeron muchos hoteles para atender a esta creciente demanda; seguido rápidamente de discotecas, restaurantes, tiendas de ropa y hasta un verdadero castillo francés.

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 Villa Epecuén se convirtió en uno de los destinos más populares de Argentina; Cuando ocurrió el trágico drama en noviembre de 1985, tras la ruptura de los diques de contención, los residentes tuvieron unos veinte días para abandonar la ciudad y solo pudieron llevar con ellos lo esencial, dejando los recuerdos de toda una vida.

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En 1975, el gobierno provincial construyó el canal Ameghino, una obra de ingeniería que conectaba varias cuencas y regulaba el caudal de agua en todas las lagunas de la región. Con este sistema ninguna se secaría y no había riesgo de inundación. Pero no se controló más a partir del golpe de Estado de 1976. “Se abrió la canilla, pero no se cerró”, expresó de forma gráfica Rubén Besagonil, un ex poblador de Villa Epecuén. Lo que intentó ser la solución de un problema terminó condenando a la población.

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Desde 1980 la laguna creció entre 50 y 60 centímetros al año y amenazaba con rebasar el terraplén construido para proteger al pueblo. Nadie pensaba que pudiera ocurrir peor, pero ocurrió y, cuando el muro de contención se partió, no hubo vuelta atrás.

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Villa Epecuén permaneció cubierta por las aguas durante casi treinta años, hasta que las aguas se fueron retirando. Hoy en día, sólo una pequeña parte de la ciudad sigue bajo el agua. Es un paisaje apocalíptico que se presenta casi como si un terremoto lo hubiera destruido todo. Los restos de lo que fue parte de la vida de sus antiguos habitantes resurgen petrificados por la sal y cada uno cuenta una historia diferente. El cadáver de un viejo coche, una bañera oxidada, camas antiguas o botellas de vidrio, recuerdan el trágico parón que sufrió la vida en este lugar.

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Tan solo una persona habitó el lugar tras la inundación, Pablo Novak. Todos los días pasea junto a su perro a través del casco antiguo, en busca de recuerdos o tal vez para no olvidarlos. Cuando era joven, su padre, de forma lúcida, le dijo que el agua estaba allí y que regresaría. Estaba en lo cierto. Al igual que la Atlántida, Villa Epecuén se sumergió bajo las aguas como si los dioses hubieran tratado de enviar un mensaje a los hombres: No somos nada ante el poder de los elementos. Las ruinas hoy reaparecidas  son una llamada de atención sobre lo que podría ocurrir cuando el hombre cree que puede doblar la naturaleza a su voluntad.

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